Centenario del “Almodrote”

Dentro de dos semanas festejaremos el centenario aniversario de la Constitución política. Con su promulgación dio arranque a lo que se propuso el movimiento armado 10-17 que fuera un país renovado, distinto al de nuestros abuelos. Una nación en la que desaparecier las injusticias, la desigualdad y la falta de oportunidades para muchos. Un país digno de ingresar al concierto mundial de las naciones, que procreara hijos felices y no más emponzoñados de violencia, pobreza e ignorancia, nuestros peores estigmas.

Sólo que la criatura nació con ciertos defectos. En primer lugar, no concurrió a los debates una representación popular –llamémosla global o mayoritaria–; sólo enviaron delegados a debatir los ganadores de la contienda recién concluida. Y de éstos, tampoco se les cedió el paso a todos. Por ejemplo, de los tres grandes grupos que levantaron el trofeo de la victoria, despedazando en el campo de batalla al ejército porfirista, o no se les invitó o se les vetó el ingreso, como haya sido, a los delegados villistas y a los zapatistas.

Fue la pugna facciosa que se siguió al triunfo de la revolución la que dio origen a esta injusticia histórica. Venustiano Carranza se autoproclamó desde el principio como primer jefe. Y soltó la consigna de que su ejército se conociera como “constitucionalista”. Él era gobernador del estado de Coahuila y convocó a todos los mexicanos a levantarse en armas para castigar el golpe de estado que había realizado Victoriano Huerta, el chacal. Carranza era la figura política más relevante de todos los que se alzaron en armas y nunca toleró que otro, también alzado, le disputara el sitial de honor.

Los que conocieron de cerca estos avatares y que tuvieron la atingencia para transmitirlos a las futuras generaciones, que somos nosotros, nos informan que alrededor del primer jefe siempre se acuerpó una caterva de incondicionales y oportunistas que le reían hasta los chistes más malos, por no decir cosas peores. De esa nube de arrastrados, que siempre aparece en nuestros movimientos políticos, provino la mala idea de marginar a los otros dos grandes segmentos que se batieron como leones en contra del ejército porfirista, para doblegarlo. Si la inquina en contra de los villistas y de los zapatistas venía del magín del propio Carranza, estos lacayos, sobre todo los intelectuales, se la azuzaban y le daban “pruebas” y “refuerzos”, para que la agrandara en lugar de limarla y hacerla desaparecer. Al final, se impuso la vertiente de la mala vibra y los delegados de Villa y de Zapata no concurrieron a los debates.

Otro segmento fuerte de la sociedad mexicana de aquellos años, que no tuvo voz en tales debates, mucho menos voto, fue la representación del pensamiento católico. Por aquellas fechas, la hegemonía de esta cosmovisión en el mexicano era aplastante. Muchas décadas después todavía los prelados católicos insistían en sostener que los mexicanos eran católicos en un porcentaje muy cercano al 100%. Ahora ya son más realistas. Saben que tanto otros credos como la indiferencia religiosa han minado sus filas de adherentes. Aunque aún manejan porcentajes elevados de su censo, saben que no se conducen con verdad si arrojan cifras por arriba del 70% o el 80%, en el mejor de los casos.

En su momento, la vertiente católica mexicana encabezó muchas algaradas para impedir o evitar que las nuevas normas constitucionales rigieran en el país. Una de ellas fue la recolección de un millón de firmas, para volver letra muerta al menos la normativa aprobada que afectaba los intereses de la curia. Juntar un millón de firmas, cuando apenas éramos un país de 15, fue toda una proeza. Pero no prosperó su iniciativa. Más adelante invitaron a la población a realizar boicots regionales y luego nacionales, para forzar al gobierno con ciertas medidas de fuerza pacífica a reorientar el rumbo a su favor. Finalmente sabemos que convocaron a muchos de sus adherentes a tomar las armas, para deponer a un gobierno tan hostil a sus inercias.

Fue al fragor de estas confrontaciones cuando dieron en apodar a nuestra Carta Magna con el peyorativo y denigrante apodo del “Almodrote”. Un almodrote es una salsa de cocina que se compone de ajos, queso, aceite y otros aditamentos. Y se utiliza sobre todo para cocinar las berenjenas. Pero llevado al lenguaje popular, el almodrote viene siendo una mezcla confusa de cosas y especies. Apodar a la Constitución con un nombre tan peyorativo sólo revelaba el desprecio o nulo respeto que les merecía a sus declarados opositores.

Habría que consultar a peritos constitucionalistas, que los hay y muy buenos en el país, para que nos digan si acaso este juicio dictado al fragor de las pugnas le convenía o no a dicho documento. Pero ciertamente, con el paso del tiempo hemos visto que tal Carta Magna ha venido siendo modificada sin consideración y sin respeto. Patricia Galeana de Valadés anota que hasta el año dos mil ha sido reformada en 109 ocasiones, con 360 artículos modificados. 1 No podía referirse todavía, pues no tenía bola de cristal, a la sacudida que sufriría con lo que dieron en llamar con bombo y platillos “Pacto por México” y que tuvo, como operativo clave, voltear de cabeza nuestra Ley Fundamental de una vez por todas, topara en lo que topara. Y aquí estamos.

Como la hayamos vivido, soportado o no tolerado, es nuestra Carta Magna. Conmemoraremos su centenario. Es documento fundatorio de nuestro hacer y de nuestro decir. Por tal razón, los filósofos de Jalisco decidieron dedicarle su congreso anual, el actual, para reflexionar y discutir sobre ella, sus avatares, sus logros, su vigencia, su existir. Es imposible revisarla toda, pero tomaron tres pistas que inciden al fondo nuestra vida colectiva. Le llaman “miradas críticas”. Una la dedican a su embalaje filosófico político. En la segunda se ocupan de sus aspectos sociales y para la tercera decidieron discernir en torno al siempre peliagudo asunto de nuestra religiosidad y laicidad.

Tendrán invitados peritos para cada mesa. Para la primera invitaron al filósofo de la UNAM Horacio Cerutti Guldberg. Para la segunda al conocido laboralista Arturo Alcalde Justiniani y en la tercera estará presente ni más ni menos que Bernardo Barranco V., el analista más reconocido del país en el tema de la laicidad. Replicarán al primero los filósofos locales Jaime Torres Guillén y Miguel Fernández Membrive; al segundo, Juan M. Negrete y Demetrio Zavala Scherer; al tercero, Alfonso Alfaro Barreto e Ignacio Mancilla Torres. Tendrá lugar el jueves 2 y el viernes 3 por la tarde y el sábado 4 por la mañana. Todo en casa Clavigero. La entrada es gratuita y los organizadores mandan decir que todo el público está cordialmente invitado. l

1 Galeana, Patricia. México y sus constituciones, FCE, 1999, p. 325.