Álvarez Machain: memoria de un secuestro

Más de 25 años después de su secuestro en Guadalajara y su encarcelamiento en Estados Unidos, el ginecólogo Humberto Álvarez Machain, quien fue acusado en 1990 de participar en la tortura al agente antidrogas estadunidense Enrique Camarena, acepta hablar con Proceso Jalisco sobre aquel acontecimiento que oscureció su vida.

El médico tapatío Humberto Álvarez Machain aceptó entrevistarse con este semanario el 26 de noviembre, en el puesto de hamburguesas que atiende en la calle Naciones Unidas, cerca de avenida Patria, en Zapopan.

El diálogo se da 18 días después del triunfo del candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, Donald Trump, quien derrotó a Hillary Clinton el 8 de noviembre. Una de las primeras propuestas del magnate es promover la deportación de al menos 3 millones de migrantes latinoamericanos con antecedentes penales o que se encuentran en territorio estadunidense sin sus documentos en regla.

Álvarez Machain fue una de las principales víctimas de la Operación Leyenda, orquestada por el gobierno de George H. W. Bush para dar un escarmiento a quienes se atrevieran a atentar contra los agentes de su país.

El amable médico, de edad avanzada, contrasta con la imagen que difundieron sus captores en aquella época: la de un asesino asociado con el narcotráfico.

Cuenta que al final de la primera quincena de noviembre desayunó con los egresados de su generación en la Universidad de Guadalajara, en el restaurante del hotel María Isabel. La mayoría de los asistentes a esa reunión eran mujeres, quienes trabajan o, como él, trabajaron en la maternidad Esperanza López Mateos.

Es el hospital donde el ginecólogo laboró más de 19 años, hasta que en 1990 se enteró de que su nombre figuraba en una lista de sospechosos de participar en el asesinato de Enrique Camarena, a quienes el gobierno de Estados Unidos buscaba para llevarlos a juicio.

Álvarez Machain se comunicó con su padre, también médico, y buscó refugio en la casa de otro familiar, hasta que finalmente fue “detenido” –en realidad secuestrado– con lujo de violencia en febrero de 1990.

En marzo de 2014, el corresponsal de este semanario en Washington, Jesús Esquivel, publicó que en el operativo para llevar a Álvarez Machain ante la justicia estadunidense participaron una docena de exmilitares y policías mexicanos, a quienes la DEA les pagó 250 mil dólares. El reportaje se basa en declaraciones del exagente antinarcóticos Héctor Berrellez, quien supervisó la operación (Proceso 1952).

Según Berrellez, a principios de 1990 Jack Lawn estaba a punto de finalizar su periodo como director de la DEA y “recibió instrucciones confidenciales del entonces presidente George H.W. Bush de que a cualquier precio y sin importar consecuencias, se tenía que llevar ante la justicia de Estados Unidos al ginecólogo mexicano, que (según la autoridad de aquel país) mantuvo vivo a Camarena mientras lo sometían a tortura Rafael Caro Quintero, Ernesto Fonseca Carrillo y Miguel Ángel Félix Gallardo, capos del Cártel de Guadalajara”.

Desde 1989 Rubén Zuno Arce, exdipu­tado local del PRI y cuñado del expresidente Luis Echeverría Álvarez, también fue acusado de estar ligado a la cúpula del Cártel de Guadalajara. Tras ser llamado a declarar como testigo en el caso de un expolicía, fue retenido y llevado a juicio como responsable del homicidio de Camarena. Falleció en una cárcel de Estados Unidos en 2012, tras 23 años de reclusión.

Álvarez Machain recuerda que en 1990 fue privado ilegalmente de su libertad, llevado al municipio de Silao, Guanajuato, y después conducido en forma clandestina a territorio estadunidense:

“Yo estudié orgullosamente en la Universidad de Guadalajara y me titulé como médico cirujano partero. Luego realicé una maestría y estaba estudiando el doctorado cuando me secuestraron. Llegaron hasta el interior de mi consultorio y de ahí me sacaron.

“Primero me llevaron privado de mi libertad al pueblo de Silao, en Guanajuato, y después me trasladaron a El Paso, Texas. Ahí me torturaron y me obligaron a declarar bajo tortura; después me trasladaron al reclusorio metropolitano en la ciudad de Los Ángeles. Ahí me tuvieron encerrado por tres años. Fueron días muy tristes y largos. Desde adentro de la prisión sólo alcanzaba a ver la placita Olvera y una estación de trenes, que se ubica muy cerca de ahí.”

El 4 de julio de 1992, el entonces corresponsal de Proceso en Guadalajara, Felipe Cobián, publicó que, según el expediente del caso, en el secuestro de Álvarez Machain participaron directamente Francisco Sosa, Jesús Camberos, Moisés Arana, Antonio Zamora, Marcos Vázquez Lozano y una mujer, supuestamente embarazada, quien hizo contacto con el ginecólogo para identificarlo y capturarlo.

Asimismo, indicó que Antonio Gárate Bustamante aparecía como el contacto entre la DEA y el equipo de plagiarios, entre los que también incluyó al exagente de la ya desaparecida Dirección de Investigaciones para la Prevención de la Delincuencia, Jorge Covarrubias Manrique, así como los exjefes judiciales de Guanajuato Rodolfo Escobar Carrillo y José Pedro Moreno Vázquez, quienes “actuaron como auxiliares: consiguieron para víctimas y victimarios el hotel donde se hospedaron en Silao y los apoyaron con una patrulla de resguardo, entre esta ciudad y el aeropuerto de El Bajío, en León”.

Estos tres últimos, informó Cobián, fueron condenados el 2 de julio anterior “a 18 años y nueve meses de prisión, con una multa de más de 5 millones de pesos cada uno por secuestro y asociación delictuosa”.
Libre… y cauteloso

Retirado de su profesión, Álvarez Machain se dedica a atender su negocio. Reitera que nunca ha violado la ley y desconoce de dónde salió la versión de que él hubiera mantenido con vida al agente de la DEA durante la tortura, antes de que lo ejecutaran los sicarios de Caro Quintero en febrero de 1985.

Admite que por su profesión atendió a personas cercanas al capo: “Yo como ginecólogo atendí a la esposa de Rafael Caro, Isabel, y a otras personas de su familia”. Es más, admite que llevó una relación de amistad con Caro Quintero, prófugo de la justicia mexicana desde 2013.

Sin embargo, insiste: “Nunca conocí a Enrique Camarena, nunca tuve contacto con él, y así quedó demostrado en el juicio que montaron en mi contra en Estados Unidos y del que salí totalmente absuelto por falta de elementos. En el proceso las autoridades de ese país nunca pudieron demostrar que yo era culpable y me tuvieron que dejar en libertad, me tuvieron que absolver de todo cargo”.

Sin embargo, califica ese episodio como la peor pesadilla de su vida, que comenzó a desvanecerse cuando sus abogados le notificaron que el juez federal estadunidense Edward Rafeedie aceptó una enmienda que garantizaba su absoluta libertad.

“Salí de la cárcel la noche del 14 de diciembre de 1992, 10 días antes de la Noche Buena –relata–. En esa fecha ocurrió un milagro que siempre le agradeceré a Dios, nuestro señor, y a la virgencita de Guadalupe.”

Sin embargo, todavía no podía cerrar ese capítulo:

“Fausto Zapata era el cónsul de México en Los Ángeles y él me acompañó de regreso a la República Mexicana… en un avión comercial. Yo le dije que para mí era un gran gusto sentir que estaba libre y que ya toda esa pesadilla había pasado. Pero Zapata me regresó a la realidad con unas cuantas palabras. Me dijo: ‘Doctor, todavía no está a salvo, seguimos sobrevolando en territorio estadunidense’.

“Me decía que en cualquier momento podrían aparecer aviones de guerra y obligarnos a volver a tierra, que me podían obligar a regresar a la cárcel. Ahí me di cuenta de que la pesadilla aún no había terminado”.

A partir de entonces los minutos le parecieron eternos, “hasta que por fin el capitán del avión, de apellido González, nos informó que acabábamos de salir de Estados Unidos, que estábamos ingresando a territorio mexicano y me dio la bienvenida a mi país. Es una cosa que llevo en el corazón, fue el momento más hermoso de mi vida. Lloré de felicidad”.

Llegó de madrugada a la Ciudad de México, donde se reunió con el secretario particular del entonces presidente Carlos Salinas de Gortari, quien le dijo que el mandatario quería darle la bienvenida por teléfono.

En 1994, poco antes de la firma del Tratado de Libre Comercio entre México, Estado Unidos y Canadá, Salinas de Gortari calificó el secuestro y encarcelamiento de Álvarez Machain como una página oscura en el derecho internacional.

“Cuando quedé libre, uno de los abogados me dijo que pusiera un negocio como este que siempre he tenido, de lonches, hamburguesas y hotdogs y aquí estoy.

“Yo fui campeón nacional en tres ocasiones de lucha olímpica o grecorromana, yo estaba a punto de ir a competir a las Olimpiadas de 1968, en la Ciudad de México, pero en ese entonces mi novia, que después fue mi esposa, resultó embarazada y nos tuvimos que casar, desde entonces yo les digo a mis amigos y conocidos que un negocio como este que usted ve es el que me dio para comer y para poder terminar mis estudios de medicina.”

En el local de hamburguesas Álvarez Machain es apoyado por su hijo Beto, quien también estudió medicina y es podólogo.

A pregunta expresa, niega que después de su cautiverio en Estados Unidos haya solicitado escolta al gobierno mexicano para evitar un nuevo secuestro:

“Usted me puede ver, yo siempre ando solo, no tengo necesidad de traer guaruras. Cualquier persona me puede ver aquí en mi negocio, atendiendo personalmente a los clientes y a los amigos. Tengo muchos amigos, a todo el mundo saludo, y conduzco mi camioneta sin temor, porque la acusación que me imputaron era totalmente falsa, como quedó demostrado ante las autoridades de Estados Unidos.”

Sin embargo, se muestra reservado ante las preguntas sobre el gobierno estadunidense. Acerca del triunfo de Donald Trump en la elección presidencial, dice que es muy pronto para juzgar qué va a pasar con los mexicanos radicados en aquel país y cómo responderá el Congreso ante las medidas que anunció el republicano en su campaña para contener la migración de los mexicanos y anular el Tratado de Libre Comercio.

Acerca de la iniciativa de obligar a México a pagar la construcción de un muro en la frontera con Estados Unidos, dice, “resulta necesario esperar a que las cosas tomen su cauce normal, antes de emitir un juicio sobre lo que sigue en la relación entre ambos países”.

En cuanto a la violencia que sacude a México, comenta que afecta a la población pero por desgracia es lo que les toca enfrentar a las nuevas generaciones. “En mi caso hubo un claro abuso de autoridad de parte de los Estado Unidos, fui humillado y vejado, denigrado y violentado en mis derechos humanos; pasaron por encima de mis derechos de ciudadano… Creo que mi caso fue el primero de violación a la dignidad de una persona en un abuso” de autoridad, enfatiza.

Finalmente, anuncia que planea escribir un libro para ofrecer su testimonio de vida.