Mansedumbre y escaso trapío

La Temporada Grande 2015-16, con la que la monumental Plaza de Toros México celebra su septuagésimo aniversario, no se ha distinguido por las faenas de diestros nacionales y los importados, quienes hasta ahora siguen repitiendo los mismos hierros. El día de la presentación de los carteles, el promotor del coso declaró, para salir del paso: “Los toros los escogieron los toreros”. Quizá, pero eso no subsana los reclamos de la afición, siempre en espera del lucimiento de los matadores.

Alardeando de un sentido de planeación que nunca ha tenido en 22 años de autorregulada gestión, la empresa de la Plaza México anunció los 23 carteles de que constará la temporada 2015-16, setenta aniversario del coso, más el de triunfadores de tres desalmados jueves nocturnos de consolación con seis matadores cada uno, algunos de los cuales por su reciente trayectoria debieron ir en una terna y otros sin ningún merecimiento para ser incluidos.

Además de los diestros importados de siempre –Ponce, Juli, Manzanares, Castella, Talavante, Morante, Fandi, Luque y Hermoso de Mendoza–, la empresa por fin tuvo a bien llegar a un arreglo con el escurridizo José Tomás –anunciado en otros años sin que a la postre viniera por no existir un contrato firmado– para actuar en mano a mano con Joselito Adame el 31 de enero, más el andaluz Manuel Escribano, ya con 11 años de alternativa, y la revelación peruana Andrés Roca Rey, los tres con una corrida.

Injustificada ausencia –el dinero va a los ases de fuera no obstante su relativa convocatoria– del rejoneador mexicano Emiliano Gamero, triunfador en todas las plazas, Antonio García, El Chihuahua, líder del escalafón este año, Ernesto Javier Calita, en constante ascenso, o los recién alternativados Brandon Campos, Ricardo Frausto o Diego Sánchez, y desde luego el resucitado Juan Luis Silis, triunfador de nuevo en Pachuca, y el carismático y taquillero Rodolfo Rodríguez, El Pana.

En materia de ganado las cosas no podían ser diferentes, pues como confesó sin empacho el promotor de la Plaza México el día de la presentación de los carteles: “Los toros los escogieron los toreros”. Así que para las figuras importadas y los nacionales que pretenden serlo repiten hierros de apetecida docilidad como Xajay, Julián ­Hamdam, Fernando de la Mora, Bernaldo de Quirós, Teófilo Gómez o Marrón, entre otros, mientras se volvía a dar la espalda a los aficionados, que por enésima vez se quedaron con las ganas de ver en el ruedo de Insurgentes corridas de hierros menos dóciles pero más emocionantes, como Piedras Negras, La Joya, Cerro Viejo, Santa María de Xalpa, José Julián Llaguno, Huichapan, El Junco, Javier Garfias, Zacatepec, Corlomé, Atenco o Enrique Fraga.

Esta añeja apuesta por la comodidad a cargo de empresa, ganaderos, diestros que figuran, autoridades y crítica, por reducir la tauromaquia a unos cuantos apellidos y a actuaciones predecibles de faenas con arneses y apoteosis con calzador, ante animales jóvenes, pobres de cabeza, mansos, sosos y a veces repetidores, ha traído como consecuencia una grave tergiversación de la lidia, que confunde el emocionante dominio de la bravura con la costumbre de torear “bonito” a reses pasadoras, con más voluntad que codicia, por no mencionar asomos de fiereza.

“Los públicos no saben, pero sienten”, afirmaba el inolvidable diestro queretano Paco Gorráez. Prueba de ello es que el público grueso, el que posibilita el negocio taurino transparente, no ha dudado en darle la espalda a quienes previamente se la dan con combinaciones de toros y toreros al gusto de unos cuantos más que de las expectativas de emoción, no de diversión, que la memoria popular recuerda o el subconsciente intuye, por lo que las entradas de los primeros cinco festejos apenas en dos ocasiones han rebasado la mitad del aforo –20 mil localidades– del coso más grande del mundo.

Docilidad, no bravura

Frente a un encierro parchado, tres toros de Xajay y tres de Julián Hamdam, unos y otros escasos de bravura y sosos, en la corrida inaugural hicieron el paseíllo Eulalio López, Zotoluco, el español José María Manzanares hijo, y la figura en cierne Joselito Adame, a quien sus manejadores se empeñan en poner sobre sus hombros la fiesta de toros de México, en la búsqueda errónea de un nuevo mandón, en vez de aprovechar a media docena de buenos toreros jóvenes y hacerlos competir entre sí y con los importados, con corridas serias, para el urgente surgimiento de nuevas figuras nacionales.

Cuando, como Zotoluco, se tienen ya 29 años de alternativa y por lo menos 10 o 15 fungiendo como primera figura de escaso sello, difícilmente quedan arrestos para hacerle fiestas a toros deslucidos. Algo logró Manzanares –43 corridas este año en su país– con su primero, hasta hacerlo ver mejor de lo que era. Como dejó una estocada entera el juez se apresuró a soltar una oreja que había tenido escasa petición, dando inicio el habitual abaratamiento de trofeos.

Joselito Adame, 26 años, ocho de matador y 41 tardes entre España y México, se encontró con un astado que sin dejar de sosear recargó en el puyazo. Ajustado con el capote, el hidrocálido estructuró una faena solvente y sobria. Tras un pinchazo y media estocada recibió una oreja mientras se ordenaba arrastre lento a los despojos del toro. Más premiaciones baratas. Pero como al hombre lo que le sobra es carácter, se superó con el cierraplaza, al que tras la vara de trámite quitó por lucidas zapopinas y toreó con sutileza, sobre todo con la zurda, la bondadosa embestida del de Xajay. Tras una estocada apenas desprendida en la suerte de recibir, como el juez Jorge Ramos ya se había prodigado, ahora otorgó dos orejas y otro arrastre lento en premio a… la docilidad.

Como no es la imaginación lo que ha caracterizado a esta empresa, para la segunda corrida trajo un encierro de Lebrija, disparejo de presentación y parejo de mansedumbre, para el rejoneador Horacio Casas y los coletas banderilleros Alfredo Ríos, El Conde, Uriel Moreno, El Zapata, y el granadino David Fandila, El Fandi. Si a la combinación agregamos el gran premio de Fórmula I y la final de beisbol y de futbol americano, la entrada fue como los puyazos: virtual. El mejor librado fue El Conde, solvente y elegante, aunque sin remontar del todo la sosería de su lote, salvo un precioso quite a su segundo por crinolinas, una de las creaciones de Eliseo Gómez, El Charro.

Comodidad y cinismo

Retomada la brújula, por lo menos de la frivolidad, para la tercera corrida se anunció un ocioso mano a mano entre el exprecoz Julián López, El Juli –33 años, 17 de alternativa y 38 corridas– y Octavio García, El Payo –26, siete y 22 tardes–, con un anovillado encierro de la ganadería de Fernando de la Mora, en otro bofetón del ventajista Julián a un público que en su irreflexiva admiración lleva la penitencia. Por cierto, Enrique Ponce también había pedido, al igual que José Tomás, reses de Fernando de la Mora, en esa suicida apuesta de las figuras por la comodidad en medio de una Fiesta a la baja por los abusos de dentro y los acosos de fuera.

Alcalino, prestigiado crítico de La Jornada de Oriente, señaló: “Más gasolina al fuego. Sobre el improcedente, deliberadamente cojo mano a mano entre El Juli y El Payo todo lo que se diga será en desmedro de Julián, del ganadero y de la empresa, cuya abierta complicidad con el juez Jesús Morales ­reincidió en colar un encierro de vergonzosa presentación, para desencanto del público que llenaba cuando menos medio aforo. Grima da ver a un torero tan poderoso como el madrileño enfrentado a novillotes engordados –como el taburete con que practicó patética sesión de encimismo, previa al corte de dos protestadísimas orejas– o borregos de peluche, como el cardenito quinto, con el que ensayó el toreo en redondo hasta agotarse y agotarnos”.

Y en su portal De Purísima y Oro el cronista José Antonio Luna escribió: “Todo estaba arreglado: novilletes corniausentes, encima, tenían la apariencia de que les habían dado segueta. A su vez, simulacro de mano a mano, o sea juego de villanos… sin transmisión televisiva a España, para que no se dieran cuenta de las tropelías del Juli, como si no se las imaginaran. El muy malagradecido vino a pagarnos con queso todo el apoyo que los mexicanos le hemos dado”.

No contenta con el numerito que buena parte de los asistentes aplaudió, antes que por emoción por inconfesada necesidad de desquitar lo pagado, la empresa de la Plaza México, conocida también como el Cecetla o Centro de Capacitación para Empresarios Taurinos de Lento Aprendizaje, consciente de su compromiso con los humildes y una vez reanudadas las relaciones con la Asociación Nacional de Matadores, tuvo a bien celebrar el primer jueves nocturno y de paso improvisar la otrora postinera corrida por la Oreja de Oro, a beneficio de la asociación, con toros de Gómez Valle, mansos y descompuestos, para los matadores Leonardo Benítez, de Venezuela, y los mexicanos Christian Aparicio, Israel Téllez, Gerardo Adame, quien debió venir en tercia, confirmó la alternativa y acabó llevándose el trofeo sin haber cortado oreja, Angelino de Arriaga y Fernando Labastida, que también confirmó. Todo sea por la inequitativa unidad de los sectores taurinos.

Un remanso de torería

Hay ausencias que se agradecen y la de Enrique Ponce, consentido de la empresa más que del fastidiado público, ha sido una de ellas. Con una lesión muscular desde el 19 de septiembre, el valenciano midió bien la embestida de la indignación que le esperaba luego del sainete de su paisano Julián, pues también exigió reses de Fernando de la Mora, por lo que la empresa se abstuvo de reincidir y para el quinto festejo anunció un encierro completo de otro hierro caracterizado por su descastamiento: Bernaldo de Quirós, para Fermín Rivera, Fermín Espinosa, Armillita IV, y la sustitución más venturosa de las últimas décadas, el matador riojano Diego Urdiales –40 años de edad, 16 de alternativa y 16 tardes este año en Europa–, ejemplo conmovedor de los vetos del taurineo y las complicidades entre Madrid y sus colonias taurinas. En el caso de Urdiales varios más. Con un buen toro de Salitrillo el joven rejoneador Alejandro Zendejas mostró aplomo y potencial.

Diego Urdiales es de esos toreros esencialmente incómodos para los diestros que figuran, pues a su valor sereno añade una sólida técnica y un refinamiento natural, un concepto de interioridad que hace de su elegante tauromaquia comprometedor contraste con el adocenado histrionismo de muchos que figuran. Por eso torea poco. Triunfador en las principales plazas de España y algunas de Francia frente al toro con edad y trapío, enfrentó al menos soso y con más recorrido del encierro, al que recibió con verónicas templadas, brindó “por Francia, por las víctimas y por la libertad”, pues en la ciudad de Dax se hizo matador, y realizó una faena modélica, tanto por el manejo de la distancia como por la verticalidad, colocación, pureza y gozoso temple de la mayoría de sus muletazos, que de inmediato conmovieron a la escasa asistencia. Urdiales perdió la oreja por pinchar pero recorrió el anillo, con el terno impecable, en olor de desbordada, inusual emoción. Debe volver en condiciones más dignas que una sustitución.

Ojalá que sus alternantes, los Fermines Rivera –una oreja, pundonoroso y esforzado pero sin lograr conectar– y Espinosa –sobreadministrado y calmudo– hayan tomado nota de que el arte del toreo no sólo consiste en hacer, sino en decir desde lo más profundo del corazón para estrujar el de cuantos sean capaces de sentir.